
Desde las 14:00 hasta las 18:00 (hora Madrid) aproximadamente, el mundo entero giró la cabeza hacia oriente, mirando fijamente a Pekín. No voy a negar que los anfitriones hayan mostrado todo su esplendor y que por un momento desee dedicarme a la sinología. Fue una exhibición majestuosa de esta cultura milenaria, que siempre me ha llamado la atención. Nos dejó a todos maravillados y atraídos por el “espíritu olímpico”, que al fin y al cabo era lo que querían conseguir las autoridades chinas. Después de salir de aquel trance de fuegos artificiales, ilusiones ópticas, sincronización perfecta y una pequeña clase de historia de la República oriental me di cuenta que acababa de ser testigo del mayor “paripé” de estos últimos años. Esta tarde he recordado a mi abuela, que cuando limpiaba la casa, escondía el polvo bajo la maravillosa y colorida alfombra del salón. Algunos dirán que porque critico a un evento que saca lo mejor de la humanidad. Primero, no estoy en contra de los Juegos Olímpicos, pues me parecen lo más parecido a una utopía mundial (que nunca existirá). Segundo, la hipocresía de muchos estados y organizaciones es imperdonable. ¿Mientras los discípulos de Confucio hacían su presentación, alguien ha recordado la paliza a los periodistas japoneses, o la muerte de cientos de tibetanos a manos de los chinos? Quisiera escuchar muchas respuestas afirmativas. Pero lo peor es que somos seres que nos dejamos deslumbrar por lo aparente, está en nuestra naturaleza dejarnos llevar por las apariencias. Como dice el refrán, “todo entra por los ojos”. Tal vez pueda que peque en inocencia, pero aun no he llegado a entender como este que todo el mundo se hace el ciego y el sordo. Quisiera ver la reacción de mi amigo Bush si Tíbet fuera el mayor productor de crudo del mundo. Quisiera escuchar la respuesta de los demás países si China no ostentara el auge económico y en el mercado mundial que tiene ahora. Al fin y al cabo todo es un gran negocio (lo sé, la desilusión es grande). Un gran negocio en donde les está prohibido hablar a los huéspedes, donde si dices algo en el ámbito político o religiosos pueden expulsarte del país. Esta es mi esperanza, que alguien de los cientos de valientes que llevan entrenando toda su vida para ganar una medalla, cuando la gane abra su boca y se exprese libremente. Si no, me tocará conformarme con decirlo yo: ¡TÍBET LIBRE! ... si a nadie le importa.
